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Mujeres Sentadas en Círculo

Blog y comunidad que empodera y educa a la mujer para ejercer un liderazgo femenino y compasivo, enmarcado en el sistema de participación solidaria.

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Valentía espiritual, por Riane Eisler

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La espiritualidad se ha convertido en la palabra del momento. Pero, ¿qué es la espiritualidad? ¿Qué significa ser espiritual?

“Para mí, como para muchos otros, la espiritualidad significa sentirse en armonía con lo que llamamos lo divino. Pero cuando pienso en lo divino, no lo veo como algo separado de nuestras vidas, o como algo de otro mundo, o algo de “allá afuera” más bien que algo de aquí. Pienso en nuestras cualidades más evolucionadas: nuestra profunda capacidad humana para la empatía, el amor, nuestra lucha por la justicia, nuestro profundo deseo de belleza, nuestro anhelo de crear. Creo que ser espiritual significa ser ético y, en el verdadero sentido de la palabra, ser moral.

Cuando pienso en la espiritualidad, pienso en el amor, no de una manera abstracta sino en acción. No siempre entendí la espiritualidad de esta manera. Pero ahora, cuando pienso en la espiritualidad, pienso en el amor, no de una manera abstracta sino en acción. Pienso en lo que he llamado valentía espiritual: confiar en nuestro impulso de tender la mano a los demás y ayudarlos, desafiar la injusticia -no impulsados por el odio, sino por amor.

Mi madre tenía esta valentía espiritual, y salvó nuestras vidas. Cuando un grupo de nazis austriacos, entre los cuales había un hombre al que mis padres habían tratado con amabilidad, vinieron a casa para arrastrar a mi padre en la Noche de los Cristales Rotos, mi madre tuvo el valor de enfrentarse a ellos. Ella podría haber sido asesinada por exigir furiosamente que mi padre fuese liberado. No sé si fue porque mi madre (que era judía) parecía aria con sus ojos azules y su cabello rubio, o si fue por el carácter del oficial de la Gestapo en particular que encabezaba el grupo, o una combinación de ambos factores. Pero por algún milagro mi padre fue liberado y escapamos de los nazis con nuestras vidas.

Hubo otros que tuvieron este tipo de valentía, personas que ayudaron a los judíos a esconderse, aunque eso significara arriesgar sus vidas y las de sus familias. A menudo, cuando luego se les preguntó por qué lo hicieron, simplemente respondieron que tenían que hacerlo. Eso para mí es la verdadera espiritualidad, escuchar esa voz interior que todos tenemos, que nos impulsa a ser solidarios en lugar de crueles.

Creo que todos nacemos con esa voz, que es parte de la esencia de lo que nos hace humanos. Los bebés recién nacidos lloran cuando escuchan el llanto de otro bebé. Nacen con empatía, es decir, con la capacidad de sentir con el otro.

Pero desafortunadamente, gran parte de nuestra cultura reprime, y muy a menudo silencia, esa voz interior empática y solidaria. De modo que, cuando hablo de ser espiritual, no pienso en ello simplemente como un asunto personal. Se trata de un asunto cultural y social. Y con demasiada frecuencia se trata de enfrentarnos a lo que se nos presenta como sabiduría tradicional.

Mi Viaje Espiritual

Crecí dando a Dios por sentado. Después de que mis padres y yo huyésemos a Cuba, todas las noches, antes de acostarme, repetía con mi padre la oración hebrea nocturna, el Shema. Yo no entendía las palabras, ni creo que mi padre tampoco las entendiera. Todo lo que sabía era que este era un ritual especial de unión entre nosotros, en el que nos dirigíamos a un mayor poder espiritual en el que depositar nuestra confianza.

Después de eso, yo siempre decía mi propia oración. Siempre, como es propio de los niños, me aseguraba de no olvidar a nadie, ni omitir un solo nombre de los que habían quedado en Europa: mis abuelos, mis tías, mis tíos y mis primos.

Entonces, la Segunda Guerra Mundial terminó y vi los noticiarios de los campos de concentración: las pilas de cuerpos esqueléticos muertos, arrojados desconsideradamente, y los cuerpos esqueléticos de los sobrevivientes y sus ojos huecos, que miraban fijamente, atormentados. Descubrí lo que les sucedió a aquellos por los que había rezado tan fielmente, lo que se les había hecho, el cruel horror de sus vidas y sus muertes.

Todavía lloro cuando pienso en ello. No hay palabras para describir lo que sentí cuando lloré, no solo por los muertos de mi familia y mi gente, sino por la fe que perdí. ¿Era Dios malo? ¿Estaba enfadado? ¿Impotente? ¿O simplemente inexistente?

Pasó mucho tiempo antes de que volviera a pensar en la espiritualidad. Fui por inercia a la sinagoga durante las Altas Fiestas, para complacer a mis padres. Nunca rechacé mi identidad judía. Yo era, y sigo siendo, judía.

Pero poco a poco también comencé a abrir mis ojos a todo lo que en la Biblia es cruel e inhumano, las leyes sobre apedrear a las mujeres hasta la muerte, los mandatos de arrasar ciudades y matar a todos los seres vivos en ellas para que Dios no se enojase por haber dejado a algunos con vida, el doble estándar para hombres y mujeres, no solo en la moral sexual, sino también en el tratamiento de niñas y mujeres como mera propiedad masculina: “la esposa de su vecino,… buey,… asno…”. Y por primera vez, me desperté para ver lo que realmente se comunicaba sobre las relaciones humanas en relatos como el de Lot, quien ofreció a sus hijas pequeñas a una multitud de hombres para que las violaran; a fin de proteger a dos invitados masculinos en su casa, y fue recompensado por ello en lugar de castigado cuando, según nos dicen, los invitados resultaron ser ángeles vengativos enviados por Dios.

Al mismo tiempo, reconocí y encontré valor en aquellas partes de la Biblia que enseñan empatía y solidaridad. Esto, y la tradición judía de ayudar a los menos afortunados modelada por mis padres fue, y sigue siendo, muy importante para mí. Pero no pensé que aquello fuera espiritual, sino que pensé que era, simplemente, la manera correcta de ser.

Solo muchos años después, tras décadas de investigación en muchos campos, incluyendo la historia de la religión, comencé a usar de nuevo la palabra espiritualidad. Solo que ahora tenía un significado muy diferente para mí. No estaba asociada con una deidad particular, ni Dios ni Diosa. Tampoco estaba asociada con sentarse a meditar en la cima de una montaña, ni unirse a un monasterio o convento para retirarse de los sufrimientos y placeres de la vida. Me di cuenta de que solía pensar de esa manera porque gran parte de lo que se ha escrito sobre la espiritualidad es esotérico. Pero ahora comencé a ver que idealizar esta manera de ver la espiritualidad, en realidad, perpetúa la injusticia y el sufrimiento, del mismo modo que el simple hecho de rezar a una deidad de otro mundo no cambia las condiciones que causan injusticia y sufrimiento.

Poco a poco, me di cuenta de que mis experiencias espirituales más iluminadoras han llegado cuando me siento una con la naturaleza o con mis semejantes, cuando miro a los brillantes ojos de mi nieta, cuando escucho la apreciada voz de uno de mis hijos, cuando toco la mano de mi esposo. También me di cuenta de que ahora estaba, por así decirlo, educándome a mí misma espiritualmente.

Deshacer y volver a tejer

Muchos de nosotros estamos hoy preocupados por el exceso de materialismo de nuestra cultura. Encontramos mucho materialismo en las religiones institucionalizadas que ya no podemos aceptar. Sin embargo, queremos llenar nuestras vidas y nuestro trabajo de un significado más profundo. Queremos prestar servicio, sentirnos conectados unos con otros y con nuestra Madre Tierra. Queremos relaciones más profundas y un sentido de mayor propósito. Esta, creo, es una de las principales motivaciones detrás de las diversas vertientes de lo que a veces se llama la nueva espiritualidad.

Si bien algunas de estas vertientes promueven psiques más sanas y fomentan la acción para promover la justicia social y la sostenibilidad ambiental, otras desafortunadamente no son tan diferentes de gran parte de lo que ellas mismas rechazan en las antiguas tradiciones religiosas. Como quienes simplemente van a la sinagoga el viernes o a la iglesia el domingo, tienden a abstraerse de la vida diaria. Al igual que muchas tradiciones místicas previas, proponen retirarse de lo que está sucediendo a nuestro alrededor, lejos del sufrimiento de los demás. Este tipo de espiritualidad puede ayudar a las personas a lidiar con las injusticias crónicas y las miserias de lo que he identificado como un modelo dominador de relaciones: la jerarquía respaldada por la fuerza, del hombre sobre la mujer, el hombre sobre el hombre, una raza sobre otra raza y una nación sobre otra nación; que sólo puede mantenerse mediante la imposición o la amenaza del dolor. Pero esta espiritualidad contribuye poco a cambiar lo que está sucediendo aquí en la Tierra.

En contraste, el tipo de espiritualidad apropiada para lo que he llamado un modelo de relaciones de participación solidaria, no solo es trascendente sino también inmanente. Es una espiritualidad que orienta nuestra vida cotidiana hacia la solidaridad y la empatía. Proporciona estándares básicos de derechos humanos y responsabilidades. También proporciona enseñanzas básicas sobre la empatía y la no violencia como alternativas a la falta de estándares y al uso de la moralidad para incitar al odio, a la búsqueda del chivo expiatorio y a la violencia.

Esto es muy importante hoy. Por un lado, como en épocas anteriores cuando el modelo dominador, con sus “guerras santas”, quemas de brujas y otras barbaridades, estaba más firmemente establecido, todavía tenemos a quienes incitan a convertirse en odiadores, a buscar chivos expiatorios y a la violencia bajo el disfraz de valores tradicionales. Por otro lado, tenemos a los que afirman que no existen estándares reales de conducta, que todos los estándares son meros constructos culturales que varían de un momento a otro y de un lugar a otro -una visión a veces llamada posmodernismo, deconstruccionismo o relativismo cultural.

Esta segunda visión refleja una rebelión contra las reglas “morales” que con frecuencia han sido injustas y, con demasiada frecuencia, inhumanas -reglas desarrolladas en épocas anteriores que estaban más orientadas a un modelo de sociedad dominador. También refleja el hecho de que existen efectivamente variaciones culturales en lo que se considera moral y correcto. Pero los humanos necesitamos estándares. Incluso argumentar que todos los estándares son relativos es articular un tipo de estándar que puede ser, no obstante, negativo.

Distinguir entre el tipo de estándares – y espiritualidad – apropiados para las relaciones de participación solidaria o las de dominación, puede ayudarnos a integrar la espiritualidad en nuestras vidas cotidianas. Puede ayudarnos a vivir más plenamente y, al mismo tiempo, ayudar a otros a hacer lo mismo. Y puede inspirarnos a trabajar apasionadamente por un mundo en el que nuestras capacidades más evolucionadas tengan apoyo social y económico.

En mi vida, he encontrado que el trabajo espiritual no es solo “trabajo interior”, sino la valentía espiritual para perseverar frente a quienes nos dicen que solo lo que consideran “tradicional” es moral, o alternativamente, que no debemos juzgar demasiado, que no debemos polarizar, que incluso las cosas más horribles de nuestro mundo son de alguna manera manifestaciones de lo divino. Y he encontrado que esta valentía espiritual puede ser la fuente de una enorme satisfacción, de hecho, de alegría.

Hacia la Espiritualidad Participativo-Solidaria

Una espiritualidad participativo-solidaria, como enfatizo en mi libro Placer Sagrado, conlleva una visión muy diferente del dolor y el placer que aquella que se nos ha enseñado a la mayoría de nosotros -una que sacraliza el placer en lugar del dolor. Pero aquí es importante señalar, como enfatizo en Placer Sagrado, que no se trata de placer de una forma puramente hedonista o egocéntrica, ni de la frenética “diversión” o evasión del dolor que caracteriza a gran parte de lo que se denomina placer en las sociedades dominadoras. Más bien es un placer conectado con asombro al milagro de la vida y de la naturaleza, el placer extático de los estados alterados de conciencia y el profundo placer de las conexiones solidarias, de la dispensación de cuidados, de la creatividad, del amor.

Esto lleva a otro importante elemento central de la espiritualidad participativo-solidaria: no coloca al hombre y a la espiritualidad sobre la mujer y la naturaleza. Podemos encontrar restos de una espiritualidad anterior, más orientada a la participación solidaria, en hallazgos arqueológicos y mitos de tiempos muy antiguos en los que la gente no parece haber imaginado los poderes que gobiernan el universo – como se nos ha enseñado- como una deidad masculina armada: Jehová con su rayo, o Zeus con su espada. (En realidad Zeus tiene un rayo y una espada, para enfatizar el punto de que el poder más alto es el poder de dominar y destruir.) Estas personas más antiguas parecen haber imaginado los poderes que gobiernan el universo más bien como el poder de dar y sustentar la vida; como una Gran Madre de cuya matriz se origina toda la vida y a cuya matriz toda la vida regresa al morir, igual que los ciclos de la vegetación, una vez más, para renacer. Pero según se desprende de la imagenería neolítica, y quiero enfatizar este punto importante, el principio masculino también era altamente valorado. De hecho, una de los relatos centrales de esta religión antigua, más basada en la naturaleza, que veía a toda la naturaleza como interconectada y imbuida de lo que llamamos lo divino, era el matrimonio sagrado de la diosa con su amante divino.

Esto es obviamente una espiritualidad basada en la naturaleza. Es una espiritualidad en la que el sexo y el cuerpo humano, asuntos que nos han enseñado a asociar con lo obsceno, son parte de lo sagrado. También es una visión de lo sagrado en la que las imágenes del sexo, del cuerpo humano, del cuerpo del hombre, del cuerpo de la mujer y de cómo dos cuerpos debería relacionarse, son principalmente imágenes que afirman la vida y el placer.

Hoy en día, un número creciente de teólogos como Carter Heyward, Carol Christ, Elizabeth Dodson Gray, Matthew Fox y Judith Plaskow, cuando escriben sobre esta espiritualidad “nueva” (que, en realidad, es muy antigua) hablan de una espiritualidad encarnada. Como escribe Susan G. Carter, el término espiritualidad encarnada aún no se ha definido en nuestros diccionarios, donde cuerpo (o materialización) y espíritu (o espiritualidad) están tan separados como lo están todavía en gran parte de nuestra sociedad. Pero si queremos integrar la espiritualidad en nuestras vidas, como señala Carter, el uso de este término puede concretar pensamientos e ideas, y así ayudar a generar cambios tanto en nuestro pensamiento como en nuestra sociedad.

En cierto modo, es fácil imaginar una espiritualidad encarnada. Después de todo, muchas de nuestras imágenes de la deidad están encarnadas. Excepto que, en la tradición occidental, se han encarnado sólo en forma masculina. Uno de los elementos clave de la “nueva espiritualidad” es la encarnación de lo divino tanto en forma femenina como masculina.

Como escribe la teóloga Sallie McFague, la imagen de Dios como Madre expande nuestra concepción de Dios. El Dios Padre ha sido representado más como un redentor de los pecados que como un dador de vida, y su amor ha sido entendido como “desinteresado”, un amor que no implica ninguna necesidad, deseo o sentimiento por los objetos de su amor. Por el contrario, Dios como Madre está asociado también con el sentimiento y la sustentación, agregando una dimensión de cuidado, así como con la alegría por su creación, y con el deseo de verla llegar a su plenitud, con el deseo de que florezcamos. “Una teología que ve a Dios como la madre que alimenta a los jóvenes y, por extensión, a los débiles y vulnerables, entiende a Dios como alguien que se preocupa por las necesidades más básicas de la vida en su lucha por seguir adelante”, escribe McFague.

Aunque las antiguas representaciones femeninas de la divinidad simbolizaban muchas etapas diferentes de la vida, desde la joven doncella hasta la vieja anciana, muchas de las representaciones femeninas más antiguas enfatizan los aspectos dadores de vida y sustentadores del cuerpo de la mujer, es decir, el aspecto que hoy llamaríamos la Diosa Madre. Incluso en tiempos históricos encontramos registros que cuentan sobre deidades femeninas que le dan a su gente no solo el don de la vida sino también la capacidad de alimentarse a través de la invención de la agricultura -por ejemplo, en los jeroglíficos egipcios, a la Diosa Isis se la menciona repetidamente como la inventora de la agricultura y en las tablas cuneiformes sumerias, la diosa Ninlil es venerada por enseñar a su gente a cultivar. El amor también está asociado con las deidades femeninas; por ejemplo, la diosa griega Afrodita que aún en tiempos históricos representaba el amor sexual, y la diosa Deméter simbolizaba poderosamente el amor maternal.

La Virgen María católica es, hasta el día de hoy, el símbolo del amor maternal, a pesar de que ahora se la presenta como la única mortal en una familia en la que solo el padre y el hijo son divinos. Como la diosa china Kuan Yin, la más popular de las deidades chinas hoy en día, María es venerada principalmente como el símbolo del amor y la compasión asociados con el ideal de la maternidad. El hebreo “Jojmá” y el griego “Sofía” significan no solo sabiduría sino también sabiduría solidaria, la llamada sabiduría femenina, que por supuesto puede residir tanto en mujeres como en hombres y puede florecer en ambos si se apoya y se recompensa socialmente, lo cual no ocurre en las sociedades dominadoras.

No es una coincidencia que durante nuestra época de marcada reaparición de la participación solidaria, la imagen de lo divino en forma femenina vuelva a salir a la luz. Tampoco es una coincidencia que esta concepción de lo divino o lo espiritual como femenino añada nuevamente al amor un elemento erótico o corporal, es decir, que en esta “nueva” espiritualidad el amor ya no es abstracto. Y no es un amor que juzga, sino un amor que acepta e incluye a todos.

Al sacralizar lo erótico -es decir, el placer corporal, en lugar del dolor en el cuerpo, esta espiritualidad nueva, que en realidad es muy antigua, también contrasta con el énfasis de la espiritualidad dominadora en la imposición y / o el sufrimiento del dolor.

Participación Solidaria, Moralidad y Espiritualidad

En mi pensamiento, trabajo y vida, no distingo entre espiritualidad y moralidad. Debo enfatizar, sin embargo, que por moralidad no me refiero a lo que he venido a considerar como la falsa moralidad de las llamadas enseñanzas religiosas fundamentalistas. Creo que en el núcleo de todas las principales tradiciones religiosas, ya sean hindúes, musulmanas, hebreas, cristianas o confucianas, hay valores participativo-solidarios como sensibilidad, empatía, cariño y no violencia. Pero, superponiéndose a este núcleo participativo-solidario, está lo que podemos llamar la incrustación dominadora: enseñanzas apropiadas para los tipos de sociedades que ya prevalecían durante el tiempo en que se escribieron los que hoy se consideran nuestros libros o escrituras sagrados.

En general, todavía se nos enseña la moral religiosa como una colección de muchos tipos diferentes de reglas, como los mandamientos bíblicos que dicen “no debes robar.” (Éxodo 21:15). Algunas veces estas reglas han sido presentadas como la palabra infalible de Dios, o las enseñanzas igualmente infalibles de un profeta religioso o gurú, que deben ser obedecidas incuestionablemente. A veces, en estas reglas hay marcados elementos participativo-solidarios: por ejemplo, las enseñanzas de Isaías en el Antiguo Testamento y los valores estereotípicamente “femeninos” que enseñaba Jesús en el Nuevo Testamento, como la compasión, la empatía y la no violencia. Sin embargo, también debemos reconocer los elementos dominadores en las enseñanzas religiosas: elementos que han servido para justificar y mantener la dominación y la opresión, por ejemplo, la justificación bíblica de las guerras santas y el control de los hombres sobre las mujeres.

Una moralidad adecuada para las relaciones participativo-solidarias puede tener estándares, tales como el imperativo moral de movernos a través de nuestras vidas con conciencia, con sensibilidad hacia nosotros mismos y hacia los demás, que es el requisito previo para la empatía y la solidaridad. Estos estándares pueden ayudarnos a ser más conscientes de nuestra interconexión con nuestros semejantes y con nuestra Madre Tierra, fomentando ese sentimiento de unidad que es el núcleo de la espiritualidad participativo-solidaria.

Cuando somos sensibles, podemos sentir empatía. Cuando somos insensibles, no podemos. La sensibilidad es, por tanto, un requisito previo para el estándar moral participativo-solidario básico de hacer a los demás lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

Obviamente, este estándar no puede ser la guía para las relaciones en sociedades que se orientan principalmente al modelo dominador. Por lo tanto, la moralidad dominadora debe justificar la supresión de la sensibilidad moral, no solo hacia los “grupos externos”, sino también hacia aquellos que se encuentran por debajo de uno en las jerarquías de dominación respaldadas por el miedo y la fuerza que caracterizan este tipo de estructura social.

El mantenimiento de cualquier tipo de cohesión social, sin embargo, requiere cierta atención a las relaciones no violentas y mutuamente responsables. Por ello, este tipo de moralidad dominadora tiene una gran cantidad de normas y leyes, algunas que gobiernan las relaciones entre quienes dominan, y otras que gobiernan las relaciones entre quienes dominan y quienes son dominados -y estas reglas son muy diferentes unas de otras.

Esta diferencia es la razón por la cual el tipo de moralidad que hemos heredado de épocas de dominación más rígida es una masa de normas y leyes contradictorias. Por ejemplo, uno de los diez mandamientos que se dice que Moisés bajó del Monte Sinaí en el Antiguo Testamento de la Biblia es “no matarás.” Pero la Biblia está llena de casos en los que se viola este mandamiento, desde las reglas que prescriben que una joven novia fuese apedreada por los hombres de su ciudad si se descubría que no era virgen (Deuteronomio 22: 13-21) a las numerosas órdenes “divinamente inspiradas” de matar hombres, mujeres y niños.

De manera similar, en el Nuevo Testamento a menudo leemos que Dios está ordenando que haya paz y amor. Pero en los capítulos 12 a 19 del libro de Revelación (Apocalipsis), leemos cómo los ángeles reciben instrucciones de derramar “la ira de Dios sobre la tierra” y fueron liberados terribles horrores para todos, excepto para los “ciento cuarenta y cuatro mil”, que Según el capítulo 14:3, “fueron redimidos de la tierra.”

Quiero enfatizar que este problema no es de ninguna manera exclusivo de las escrituras judeocristianas. Como en la tradición judeocristiana, las enseñanzas en las escrituras hindúes y budistas sobre la honestidad y la no violencia son enseñanzas participativo-solidarias. Pero también hay en todas estas tradiciones muchas enseñanzas dominadoras. Por ejemplo, en el Mahabarata hindú, la violencia y la crueldad se atribuyen a los mandatos divinos, e incluso se presentan como atributos divinos. Según el Corán, si una esposa es desobediente, su esposo debería golpearla y expulsarla de su cama. Y en uno de los relatos hindúes más célebres, se refuerza el mensaje de que las vidas de las mujeres valen menos que las de los hombres, e incluso que las niñas y las mujeres pueden ser asesinadas con impunidad. Se nos cuenta que el gran dios Vishnu casi fue asesinado por su propio padre, quien, como en la historia griega de Edipo, temía que su hijo lo matara y lo destituyera, pero que afortunadamente su vida fue salvada cuando una niña fue puesta en su lugar para ser asesinada en cambio.

Lo relatos nos proporcionan modelos para nuestro propio comportamiento. Cuando se trata de relatos religiosos, llevan una enorme autoridad moral. Es por eso que necesitamos cultivar, en nosotros mismos y en otros, la valentía espiritual para desafiar este tipo de relatos, ya sea en nuestras propias tradiciones religiosas o en las de otros. También es la razón por la que necesitamos desarrollar una educación moral, ética y espiritual que nos ayude a explorar la diferencia entre lo que el psicólogo social David Loye denomina sensibilidad moral participativo-solidaria e insensibilidad moral dominadora.

En la Biblia, esta diferencia se refleja en lo que Michael Lerner llama las dos voces de Dios: la voz del Dios de amor y la voz que proyecta sobre Dios la crueldad acumulada, la violencia y el dolor inherentes al modelo dominador de relaciones. Una vez que nos damos cuenta de esta diferencia, podemos contrarrestar de manera más efectiva a quienes, ya sea en nombre de la tradición o incluso de la liberación han usado, e inadvertidamente siguen usando, el lenguaje de la segunda voz para perpetuar la crueldad, la violencia y el dolor, así como a aquellos que descartan indiscriminadamente todas las enseñanzas religiosas, o aceptan cualquier cosa y todo como la manifestación de una voluntad divina.

En resumen, necesitamos identificar y respaldar con urgencia la esencia participativo-solidaria de las tradiciones religiosas de nuestro mundo, al mismo tiempo que identificamos y rechazamos sus revestimientos dominadores. Entonces podremos trabajar más efectivamente para un futuro guiado por la espiritualidad en el sentido de amor, cuidado y unidad con todo lo que nosotros y nuestro mundo podemos ser.”

Artículo original: Spiritual Courage, by Riane Eisler. Adaptado del libro de Eisler The Power of Partnership: seven relationships that will change your life (“El poder de la Participación Solidaria: siete relaciones que cambiarán tu vida”; no disponible en español) (2002).

Traducción: Marta Mondéjar
Imagen: Lothar Dieterich, Pixabay

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Marta Mondéjar
Marta Mondéjar
Bloguera, desarrolladora WordPress y traductora de inglés en Mujeres Sentadas en Círculo. Escribo y traduzco sobre liderazgo y empoderamiento femenino para contribuir a crear una sociedad participativo-solidaria.

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