¿Cómo recordarán nuestra época las generaciones futuras?

¿Cómo una época en la que el caos climático, el agotamiento del petróleo y una economía global inestable desmoronó la sociedad, o como la época del Gran Cambio?  

Este artículo de YES! Media archives se publicó originalmente en el número de verano de 2006 de YES! Magazine.

¿Por qué nombre conocerán nuestra época las futuras generaciones? ¿Hablarán con ira y frustración del tiempo del Gran Desmoronamiento, cuando el consumo desmedido excedió la capacidad de la Tierra para sostenernos y condujo al colapso, uno tras otro, de los sistemas medioambientales, la competición violenta por lo que quedaba de los recursos del planeta y a una dramática declinación de la población humana? ¿O mirarán hacia atrás con alegría, celebrando la época del Gran Cambio, cuando sus antepasados abrazaron el potencial más elevado de su naturaleza humana, convirtiendo la crisis en oportunidad y aprendiendo a vivir en una creativa participación solidaria, entre ellos mismos, y con la Tierra?

Una elección crucial

Nos enfrentamos a una elección crucial entre dos modelos contrapuestos de organizar los asuntos humanos. Les daremos los nombres genéricos de Imperio y Comunidad de la Tierra. Sin una compresión de la historia y las implicaciones de esta elección, podríamos desperdiciar tiempo y recursos valiosos para preservar o reparar culturas e instituciones que no pueden repararse y deberían ser reemplazadas.

El Imperio se organiza a través de la dominación en todos los niveles, desde las relaciones entre las naciones hasta las relaciones entre miembros de la familia. El Imperio trae fortuna a unos pocos, condena a la mayoría a la miseria y a la servidumbre, suprime el potencial creativo de todos, y se apropia de gran parte de la riqueza de las sociedades humanas para mantener las instituciones de dominación.

La Comunidad de la Tierra, en cambio, se organiza a través de la Participación Solidaria, libera el potencial humano para la cooperación creativa, y comparte los recursos y excedentes para el bien de todos. Las evidencias que respaldan las posibilidades de la Comunidad de la Tierra proceden de los hallazgos de la física cuántica, la biología evolutiva, la psicología del desarrollo, la antropología, la arqueología y el misticismo religioso. Era la costumbre humana antes del Imperio; debemos elegir reaprender cómo vivir de acuerdo con sus principios.

Los desarrollos característicos de nuestro tiempo nos indican que el Imperio ha alcanzado los límites de la explotación que la gente y la Tierra sufren. Una creciente y perfecta tormenta económica nacida de la suma del agotamiento del petróleo, el cambio climático y una economía estadounidense desequilibrada y dependiente de deudas que nunca puede repararse, se preparan para traer una dramática reestructuración de todos los aspectos de la vida moderna. Tenemos el poder de elegir, sin embargo, si las consecuencias resultan ser una crisis terminal o una oportunidad épica. El Gran Cambio no es una profecía. Es una posibilidad.

Un giro dramático

De acuerdo con la historiadora cultural, Riane Eisler, los humanos primitivos se desarrollaron dentro de un marco cultural e institucional de Comunidad de la Tierra. Se organizaron para satisfacer sus necesidades cooperando con la vida, en lugar de dominarla. Entonces, unos 5.000 años atrás, comenzando por Mesopotamia, nuestros antepasados dieron un dramático giro, desde la Comunidad de la Tierra al Imperio. Se apartaron de la reverencia hacia los poderes generativos de la vida –representados por dioses femeninos o espíritus de la naturaleza- hacia la reverencia por la jerarquía y el poder de la espada –representada por dioses distantes, normalmente masculinos. La sabiduría de los ancianos y de la sacerdotisa cedió paso al gobierno arbitrario del poderoso y, a menudo, despiadado rey.

El precio que pagamos

Los pueblos de las sociedades humanas dominantes perdieron su sentido de conexión con la Tierra viva, y se dividieron entre los gobernantes y los gobernados, los explotadores y los explotados. La brutal competición por el poder creó una implacable dinámica de violencia y dominación, de juega-o-muere, gobierna-o-sé-gobernado, y sirvió para elevar a los más despiadados a las posiciones más altas de poder. Desde el fatídico giro, la mayor porción de los recursos disponibles para las sociedades humanas empezó a ser desviada: en lugar de satisfacer las necesidades de la vida, comenzó a destinarse al apoyo de las fuerzas militares, prisiones, palacios, templos y al patrocinio de los siervos y propagandistas, de quienes el sistema de dominación de turno depende. Grandes civilizaciones construidas por gobernantes ambiciosos decayeron tras sucesivas olas de corrupción y conquista.

La forma institucional primaria de Imperio se ha transformado desde la ciudad-estado a la nación-estado, y a las grandes corporaciones globales, pero el patrón subyacente de dominación permanece. Es evidente que, para que unos pocos estén en la cima, muchos deben estar abajo. El poderoso controla e institucionaliza los procesos por los cuales se decidirá quién disfruta de los privilegios y quién paga el precio. Esta elección comúnmente resulta en la exclusión arbitraria del poder a grupos enteros de personas, basándose en la raza o el género.

Una verdad perturbadora

Aquí descansa una perspectiva crucial. Si buscamos la fuente de las patologías sociales cada vez más evidentes en nuestra cultura, encontraremos que tienen un origen común en las relaciones dominadoras del Imperio, las cuales han sobrevivido considerablemente intactas a pesar de las reformas democráticas de los dos pasados siglos. El sexismo, el racismo, la injusticia social, la violencia y la destrucción medioambiental que han plagado a las sociedades humanas durante 5.000 años, y nos han traído ahora al borde de una potencial crisis terminal, fluyen todos desde esta fuente común. Liberarnos a nosotros mismos de estas patologías depende de una solución común –reemplazar las culturas e instituciones dominadoras subyacentes con las culturas e instituciones participativo-solidarias de la Comunidad de la Tierra. Desafortunadamente, no podemos recurrir a los que ostentan el poder imperial para que lideren el cambio.

Más allá de la negación

La historia muestra que, a medida que los imperios se derrumban, las élites gobernantes se vuelven más corruptas y despiadadas en su deseo de asegurar su propio poder –una dinámica que ahora se está desarrollando en Estados Unidos. Los americanos basamos nuestra identidad en gran medida en el mito de que nuestra nación siempre ha encarnado los más altos principios de la democracia y está consagrada a extender la paz y la justicia por el mundo.

Pero siempre ha habido tensión entre los ideales más altos de América y su realidad como versión moderna de Imperio. La libertad prometida en la Declaración de Derechos contrasta profundamente con la consagración de la esclavitud en el resto de artículos de la Constitución. La protección de la propiedad, una idea central al sueño americano, contradice el hecho de que nuestra nación fue construida en una tierra tomada por la fuerza a los nativos americanos. Aunque consideramos que el voto es el sello distintivo de nuestra democracia, tomó casi 200 años que ese derecho se extendiese a todos los ciudadanos.

A los americanos aculturados en los ideales de América nos resulta difícil comprender qué están haciendo nuestros gobernantes, ya que la mayor parte de lo que hacen, no concuerda con las nociones de igualitarismo, justicia y democracia. Dentro del marco de realidad histórica, está perfectamente claro: están jugando la final del juego del Imperio, buscando consolidar su poder a través de políticas cada vez más autoritarias y antidemocráticas.

Las decisiones sabias se apoyan necesariamente en un fundamento de la verdad. El Gran Cambio depende que nos despertemos a verdades profundas, que han sido negadas por largo tiempo.

Despertar global

Los verdaderos creyentes del Imperio mantienen que los defectos intrínsecos a nuestra naturaleza humana nos conducen a una propensión natural a la codicia, la violencia y la ambición por el poder. El orden social y el progreso material dependen, por tanto, de que se imponga un gobierno elitista y una disciplina de mercado que sirva para encauzar estas tendencias oscuras hacia fines positivos. Sin embargo, los psicólogos que estudian los caminos de desarrollo de la conciencia individual observan una realidad más compleja. Tal y como crecemos en nuestras capacidades y potencial físico si recibimos el alimento físico adecuado y nos ejercitamos, también crecemos en las capacidades y potencial de nuestra conciencia si recibimos el aliento social y emocional adecuado y nos ejercitamos.

Durante el transcurso de una vida, aquellos que disfrutan del apoyo emocional necesario, transitan un camino desde la conciencia narcisista, no diferenciada y mágica del recién nacido hasta la conciencia completamente madura, inclusiva, multidimensional y espiritual del anciano sabio. Los órdenes de conciencia más bajos y narcisistas de conciencia son perfectamente normales en niños de edad temprana, pero se vuelven sociopáticos en adultos, los cuales son fácilmente estimulados y manipulados por publicistas y demagogos. Los órdenes de conciencia más altos son el fundamento necesario de una democracia madura. Tal vez, la mayor tragedia del Imperio sea que sus culturas e instituciones suprimen sistemáticamente nuestro progreso hacia los órdenes más altos de conciencia.

Dado que el Imperio ha prevalecido durante 5.000 años, un giro desde el Imperio a la Comunidad de la Tierra podría parecer una fantasía inútil, si no fuera por la evidencia procedente de encuestas de valores que indican que ya está en marcha un despertar global hacia niveles más altos de conciencia humana. Este despertar está impulsado en parte por una revolución en las comunicaciones que desafían la censura de la élite, rompen las barreras geográficas y permiten el intercambio intercultural.

Las consecuencias del despertar son manifiestas en los movimientos por los derechos civiles, los de las mujeres, el medioambiente, la paz y otros. Estos movimientos, a su vez, ganan energía por el creciente liderazgo de las mujeres, las comunidades de color, y pueblos indígenas. También, por un cambio en el equilibrio demográfico en favor de grupos de mayor edad, más propensos a haber alcanzado el orden de conciencia más alto de los ancianos sabios.

Casualmente, los humanos hemos alcanzado los medios para tomar una decisión colectiva como especie para liberarnos a nosotros mismos de la aparentemente inexorable lógica compite-o-muere del Imperio, justo en el preciso momento en que nos enfrentamos al imperativo de hacerlo. La velocidad a la que los avances tecnológicos e institucionales han creado posibilidades completamente nuevas a la experiencia humana es impresionante.

Hace poco más de 60 años, creamos las Naciones Unidas, la cual, a pesar de todas sus imperfecciones, hizo posible por primera vez que representantes de todas las naciones se reunieran en un espacio neutral para resolver las diferencias a través del diálogo, en lugar de la fuerza de las armas.

Hace menos de 50 años, nuestra especie se aventuró en el espacio para volver la mirada y poder vernos a nosotros mismos como un pueblo compartiendo un destino común, en una nave espacial viviente.

En poco más de 10 años, nuestras tecnologías de comunicaciones nos han brindado la habilidad, si decidiéramos utilizarla, de conectar a cada humano del planeta en una eficiente red de comunicación y cooperación, casi sin costo.

Nuestra nueva capacidad tecnológica ya ha hecho posible la interconexión de millones de personas que está aprendiendo a trabajar como un organismo social, dinámico y autónomo que trasciende los límites de raza, religión, y nacionalidad, y funciona como una conciencia compartida de la especie. A este organismo social lo llamamos sociedad civil global. El 15 de febrero de 2003, trajo a más de 10 millones de personas a las calles de las ciudades, pueblos y aldeas del mundo para pedir la paz ante el desarrollo de la invasión estadounidense de Irak. Lograron esta monumental acción colectiva sin ninguna organización central, presupuesto o líder carismático, a través de procesos sociales nunca antes posibles a tal escala. Esto no fue sino una muestra de las posibilidades de formas radicalmente nuevas de organización participativo-solidaria que está ahora a nuestro alcance.

Rompe el silencio, termina con la incomunicación, cambia las historias.

Los humanos nos guiamos por las historias. La clave para elegir la Comunidad de la Tierra es reconocer que la base del poder del Imperio no radica en sus instrumentos de tortura física. Radica, más bien, en la habilidad del Imperio para controlar las historias con las que nos definimos a nosotros mismos, y también, de perpetuar los mitos de los cuales depende la legitimidad de las relaciones dominadoras del Imperio. Para cambiar el futuro humano, debemos cambiar las historias que nos definen.

El poder de los relatos

Durante 5.000 años, la clase dominadora ha cultivado, premiado y amplificado las voces de aquellos narradores cuyos relatos afirman la rectitud del Imperio y niegan los potenciales de orden más alto de nuestra naturaleza, que nos permitirían vivir unos con otros en paz y cooperación. Siempre ha habido algunos entre nosotros que se han dado cuenta de las posibilidades de la Comunidad de la Tierra, pero sus relatos han sido marginados o silenciados por los instrumentos de intimidación del Imperio. Los relatos interminablemente repetidos por los escribas del Imperio se convierten en los relatos más creídos. Los relatos de posibilidades más esperanzadoras quedan ignorados o desatendidos; y aquellos que disciernen la verdad son incapaces de identificarse y apoyarse unos a otros en la causa común de contar la verdad. Afortunadamente, las nuevas tecnologías de comunicación están rompiendo este patrón. Conforme los narradores de la verdad alcanzan una mayor audiencia, los mitos del Imperio se vuelven más difíciles de mantener.

La lucha por definir los relatos culturales predominantes define la política cultural contemporánea de Estados Unidos. Una alianza de extrema derecha entre plutócratas corporativos elitistas y teócratas religiosos ha ganado el control del discurso político en Estados Unidos. No por la fuerza de sus números, que es relativamente pequeña, sino a través del control de los relatos mediante los que la cultura predominante define el camino hacia la prosperidad, la seguridad y el significado. En cada caso, la extrema derecha favoreció versiones de estas historias que afirman las relaciones dominadoras del Imperio.

EL RELATO IMPERIAL SOBRE LA PROSPERIDAD dice que una economía que crece eternamente nos beneficia a todos. Para desarrollar la economía, necesitamos gente acaudalada que pueda invertir en empresas que, a su vez, crean empleo. Por tanto, debemos apoyar a los acaudalados recortando sus impuestos y eliminando leyes y normativas que creen barreras a la acumulación de riqueza. También debemos eliminar los programas de bienestar para enseñar a los pobres el valor de trabajar duro a cualquier salario que el mercado ofrezca.

EL RELATO IMPERIAL SOBRE LA SEGURIDAD nos cuenta de un mundo peligroso, lleno de criminales, terroristas y enemigos. La única forma de asegurar nuestra protección es través de enormes inversiones en las fuerzas armadas y la policía, a fin de mantener el orden a través de la fuerza física.

EL RELATO IMPERIAL SOBRE EL SIGNIFICADO refuerza los otros dos, presentando a un Dios que premia a los rectos con riqueza y poder, y encomienda que estos gobiernen sobre los pobres que justamente sufren el castigo divino por sus pecados.

Todos estos relatos sirven para alejarnos de la comunidad de la vida y negar las capacidades positivas de nuestra naturaleza, a la vez que se afirman la legitimidad de la desigualdad económica, el uso de la fuerza física para mantener el orden imperial, y la especial rectitud de aquellos que están el poder.

No es suficiente debatir, como muchos hacen en Estados Unidos, los detalles de las políticas de impuestos y educación, los presupuestos, la guerra y los acuerdos de comercio en la búsqueda de una agenda política positiva. Tampoco es suficiente elaborar eslóganes de gran atractivo para las masas, dirigidos a ganar las próximas elecciones o el próximo debate político. Debemos infundir la cultura popular con los relatos de la Comunidad de la Tierra. Mientras que los relatos del Imperio nutren una cultura dominadora, los relatos de la Comunidad de la Tierra nutren una cultura participativo-solidaria. Afirman las capacidades positivas de nuestra naturaleza humana y muestran que lograr verdadera prosperidad, seguridad y significado depende de crear comunidades vibrantes, solidarias e interrelacionadas que ayuden a todas las personas a alcanzar su plena humanidad. Compartir las alegres noticias de nuestras posibilidades humanas a través de la palabra y la acción es, tal vez, el aspecto más importante del Gran Trabajo de nuestro tiempo.

Cambiar los relatos predominantes en Estados Unidos puede ser más fácil de lograr de lo que podríamos pensar. A pesar de las aparentes divisiones políticas, los datos de las encuestas de Estados Unidos revelan un asombroso grado de consenso en temas clave. El 83% de los americanos cree que, como sociedad, Estados Unidos está centrada en las prioridades equivocadas. Las grandes mayorías quieren que se dé mayor prioridad a los niños, la familia, la comunidad, y a un medioambiente sano. Los americanos también quieren un mundo que ponga a la gente por delante de los beneficios; los valores espirituales por delante de los valores financieros; y la cooperación internacional por delante de la dominación internacional. Estos valores propios de la Comunidad de la Tierra son, de hecho, compartidos tanto por conservadores como liberales.

Nuestra nación no está en el camino incorrecto porque los americanos tengan valores equivocados. Está en el camino incorrecto debido a los vestigios de las instituciones imperiales que dan un poder irresponsable a pequeñas alianzas de extremistas de derechas que se llaman a sí mismos conservadores y alegan que apoyan los valores de la familia y la comunidad, pero cuyas políticas económicas y sociales preferidas constituyen una despiadada guerra contra niños, familias, comunidades y el medioambiente.

La particular capacidad humana para la reflexión y la elección consciente conlleva una correspondiente responsabilidad moral de cuidar unos de los otros y del planeta. De hecho, nuestro más profundo deseo es vivir en relaciones afectuosas unos con otros. El anhelo de tener familias y comunidades afectuosas es una poderosa, pero latente, fuerza unificadora, y a la vez, el posible fundamento de una coalición política ganadora dedicada a crear sociedades que ayuden a cada persona a conseguir su potencial más alto.

En estos tiempos turbulentos, y a menudo inquietantes, es importante recordarnos a nosotros mismos que somos privilegiados al vivir en el momento más excitante de toda la experiencia humana. Tenemos la oportunidad de alejarnos del Imperio y adoptar la Comunidad de la Tierra con una elección consciente colectiva. Somos nosotros mismos aquellos a los que hemos estado esperando.

Artículo original: How Will Future Generations Remember Our Time?

David Korten. Co-fundador y presidente del consejo de Positive Futures Network, editor de YES! Magazine. Este artículo se basa en su nuevo libro, The Great Turning: From Empire to Earth Community, y fue parte de 5,000 Years of Empire, el número de verano de 2006 de YES! Magazine.

Traducción: Marta Mondéjar
Imagen: Bessi, Pixabay.
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