Si el amor no fluye, suelta

A menudo me he preguntado cómo podría conciliar la idea de salir de la vida de alguien con la acción más elevada: con el amor incondicional.

En mi afán de perfeccionismo y magnanimidad, heredada posiblemente de una práctica cristiana mal entendida, salir de la vida de alguien, no hablarle más, evitar encontrarme con dicha persona, me parecía un fracaso…

Sólo una vez en la vida me he enfadado hasta el extremo de sentirme lo suficientemente justificada para no desear realmente volver a ver o hablar a alguien. Y aún así, me atormenté a mí misma por no ser capaz de perdonar aquello que percibí como una traición.

Pero no hablo de casos tan extremos… sino de justo lo contrario: cuando amas a alguien, o simplemente te agradaría tener a esa persona en tu vida pero, claramente, no responde a tus expectativas.

Llega un momento en que sabes que tienes que dejar ir a esta persona, y tu apego por ella. Y si aún no lo sabes, alguien te lo aconsejará, y será, créeme, un buen consejo.

Pero aquí es donde yo me rebelaba… ¿cómo puedo hacer eso, si deseo justo lo contrario?

Mientras leía Los Cuatro Acuerdos y La Maestría del Amor, me sentía aún más justificada en mi supuesta postura de amor incondicional. Me decía, “esta relación no es como yo deseo, pero si amo realmente, permaneceré en ella de la manera que tenga que ser”. (Por ejemplo, si no quiere ser mi pareja, seré su amiga). Y esto, sólo dolía y dolía. Especialmente porque tampoco respondía realmente a mi amistad… quién sabe, si para evitar malentendidos.

No obstante, siguió doliendo cuando decidí alejarme… Dolía quedarse, y dolía alejarse. “Pensará que estoy enfadada, y no quiero eso, porque no lo estoy… Quizá debo volver a acercarme. Si siento dolor por no tener lo que quiero, debo sanarlo, y amar sin esperar nada a cambio”.

Pero yo sabía que eso no sería amarme a mí misma… Y, sin embargo, alejarme para amarme a mí misma, dolía… Y dolía igualmente pensar, siquiera, volver a acercarme para encontrar el vacío. Dolía, porque eso despertaba viejas heridas de abandono.

¿Entonces, qué? ¿Cómo podía sanar estas heridas? ¿Cuánto tiempo necesitaba?

¿Quién podría responderme a estas preguntas? Yo misma… A menudo, la respuesta surge en nuestro interior. Esta idea se hizo más firme dentro de mí últimamente, desde que escuché en YouTube la serie de libros Conversaciones Con Dios.

Durante días tuve la intención de sanar, me pregunté cómo hacerlo, medité en un intento de calmar mi mente… dejé que surgiera este tema en mi cabeza sin intentar solucionarlo.

Cuando aparecía dolor, me hacía presente con el dolor, sin explicarlo, sin contar una historia… simplemente, como si me tomara a mí misma de la mano y me dijera, “no te preocupes… todas las heridas necesitan tiempo para sanar, y sanarás en su momento”.

Entonces, un día, mientras trataba de reflexionar en las bendiciones obtenidas justo a raíz de que ciertas situaciones del pasado no fueron como yo esperaba, me llegó a la mente la siguiente respuesta:

Alejarte y salir de la vida de una persona es un acto de amor y respeto. Cuando disciernas que una persona está diciendo NO a tu presencia en su vida, no te lo tomes de manera personal. No intentes comprender qué razones tiene ni insistas con tu presencia continuada. Sabes que tiene derecho a elegir, y sabes que sus decisiones, la mayoría de las veces, no tendrán nada que ver realmente contigo. Al menos, no con la persona que eres: no puedes controlar ni eres casi nunca resposable de la percepción que otros tienen de ti.

Por tanto, muévete sin culpas ni preocupaciones a un lugar donde el amor fluya. Piensa que, si el amor no fluye, el propósito de conocer a esa persona ya terminó. De no ser así, en algún momento, la Diosa / Dios / el Universo / la Vida se encargará de que el amor fluya entre vosotros de nuevo.

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